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TRIANA |
PRESENTACI�N
Algo tiene el r�o que divide no solamente a la ciudad, sino a sus gentes. Cuando los trianeros han de cruzar el puente dicen:
- Voy a Sevilla...
Cuando en la ciudad se habla de algo que ocurre m�s all� del r�o se afirma:
- S�, eso es Triana...
Triana es el r�o, la influencia del r�o, las formas de vida del r�o; las riadas, el muelle, la apertura de las Indias...
Triana es resultado inmediato de la leyenda de viajeros extranjeros, de Washington Irving, de George Borrow, de Richard Ford, de Gautier, del Merim�e...
Es cierto que antiguamente los gitanos vivieron en Triana: la actual calle Pag�s del Corro se llamaba la Cava; una parte de San Jacinto hacia Los Remedios- era la Cava de los Gitanos-; de San Jacinto hacia Chapina era la Cava de los Civiles. Pero ya los gitanos viven en otros barrios de la ciudad, en el Pol�gono Sur, en Las Candelarias...
A Triana conviene entrar por El Altozano, a trav�s del Puente de Isabel II. Una estatua de Venancio Blanco recuerda el lugar donde de chiquillo toreaba de sal�n Juan Belmonte, que aunque fue -el pasmo de Triana- no naci� aqu� y que vivi� sus �ltimos d�as en la otra orilla, en el edificio del Hotel Cristina, en el Paseo de Col�n. Pero el recuerdo es un Belmonte juvenil y hambriento, tra�do a hombros por el puente hasta su casa -sala y alcoba- en el corral de vecinos de la calle Castilla. O un Belmonte ni�o toreando en el Altozano, unos tiempos que �l mismo recuerda en el espectador que le contemplaba desde la barandilla del puente, junto al edificio de El Faro, donde antes sal�an los vapores que hac�an el recorrido hasta Sanl�car:
- Oye, chaval -me dijo-.�T� d�nde has toreado?
- En ninguna parte, se�or.
Meti� la mano en el bolsillo del chaleco y me di� un duro, dici�ndome:
- Toma. �T� ser�s torero!
En el Altozano queda un pintoresco quiosco y el �gora del barrio, que es la rebotica de la Farmacia de Aurelio Murillo.
Junto al Altozano quedan los recuerdos del Castillo de la Inquisici�n, trasladada aqu� desde el convento de San Pablo. Este castillo, ya derru�do, ocupaba el lugar del mercado, junto al r�o y al puente; fue entregado por Fernando III a los Caballeros de San Jorge y despu�s por el asistente de Diego de Merlo a los inquisidores.
En el castillo de Triana fue atormentada Mar�a Boh�rquez, seg�n Men�ndez Pelayo -tierna doncellita, no m�s de veinti�n a�os-. Aqu� Sevilla puso fin a los focos heterodoxos del monasterio de San Isidoro y del palacio de do�a Isabel de Baena. En el castillo muere preso el doctor Constantino Ponce de la Fuente, capell�n y predicador de Carlos V, que acompa�o en 1548 en su viaje por Flandes a quien luego habr�a de ser Felipe II. Con Juan Gil, -el doctor Egidio-, can�nigo magistral de la Catedral, Constantino publica entre 1545 y 1551 la Summa de Doctrina Christiana. Ya muerto, en 1560 sacan una estatua suya del castillo de Triana para celebrar el auto de fe y, no pudi�ndolo quemar en persona, arrojan al fuego sus huesos.
�Qu� hace Sevilla mientras en Triana se producen los horrores del Santo Oficio? Est� de parte de la Inquisici�n, y hasta inventa coplas contra Constantino:
Viva la fe de Cristo
y la Santa Inquisici�n
y quemen a Constantino
por malo enga�ador.
Muy pocos pueden escapar de las iras del pueblo y del Tribunal.
Sevilla, mientras, est� terminando de levantar la Giralda. Sus conventos, sus parroquias, quedan diezmados por el Santo Oficio. Pero el esp�ritu del barroco sale adelante, entre coplas y protestaciones de fe. Es algo que se repite en la historia de la ciudad, que siempre tiene un estricto silencio y un olvido de m�rmol para sus grandes heterodoxos, para los que protagonizan una voluntad de cambio. El silencio...Es la mejor hoguera para los que no piensan en levantar Giraldas y monumentos a la fe. porque los heterodoxos llegan hasta nuestros d�as. En Sevilla no se oye el nombre de Blas Infante, human�simo defensor del Ideal Andaluz. Es como si aqu�, en la Macarena, no hubiera nacido Pepe D�az, primer secretario del Partido Comunista de Espa�a tras el IV Congreso, celebrado parad�jicamente en el Pabell�n de los Estados Unidos, en la Exposici�n Iberoamericana.
Es la Sevilla siempre inquisidora, fina y fr�a en sus olvidos intencionados y en sus adhesiones tornadizas.
Una Sevilla que permanece en un escalofr�o en el Callej�n de la Inquisici�n, portillo de repeluco que se abre hasta el r�o desde la calle Castilla, frente a Casa Cuesta, un bar muy popular en cuya cocina se pueden comer los platos m�s reales de la gastronom�a trianera: pav�s de bacalao, cola de toro, menudo, r�banos, remolacha ali�ada, las secretas artes del adobo.
Calle Castilla adelante nos encontramos la parroquia de la O y desde cuya sacrist�a el r�o tiene una perspectiva in�dita. Por Castilla adelante otra vez, conviene entrar en el bar Sol y Sombra para admirar una curiosa colecci�n de carteles de toros, antiguos y recientes, en la que hay uno que anuncia, como si fuera una lidia de pablorromeros, un reparto extraordinario de pan a los pobres.
Pasando Chapina, se llega a la capilla del Patrocinio, donde recibe culto el Cachorro, impresionante escultura de Ruiz Gij�n, que cuenta la leyenda retrata la agon�a de un gitano de Triana llamado como el apodo que la devoci�n popular da al Cristo de la Expiraci�n. Del Cachorro era hermano Juan Belmonte, y la tarde que se peg� un tiro en G�mez Cerde�a ten�a ya sacada la papeleta de sitio para salir de nazareno el Viernes Santo acompa�ando a su Cristo agonizante, por cuya boca afirma tambi�n el saber popular que de madrugada entran y salen los ratones.
Volviendo otra vez hacia el Altozano, desde el Callej�n de la Inquisici�n puede tirarse por la calle Alfarer�a, recuerdo de los antiguos hornos. La calle lleva a la de Antillanos Campos, donde hay otro bar muy popular, Las Golondrinas, un para�so para los que gustan de las aceitunas ali�adas, gordales, que son el mayor frente que se opone a las aceitunas manzanillas, endulzadas en salmuera.
Otro eje muy popular en la fisonom�a de Triana es la calle de San Jacinto, donde est�a la iglesia de este nombre, sede de la cofrad�a de la Estrella.
Tanto como de barrio, Triana conserva mucho de pueblo. As�, la calle Pureza, que tambi�n parte del Altozano, es como la principal de un pueblo andaluz, con las fugaces y bellas apariciones del r�o por las esquinas de Betis en las bocacalles de la izquierda. En la calle Pureza est� la iglesia parroquial de Santa Ana, a la que llaman catedral de Triana, y no sin raz�n porque antes de que hubiera puentes sobre el r�o, las cofrad�s de barrio hac�n aqu� estaci�n de penitencia. Triana siempre ha tenido pruritos de separatismo inconfesado con respecto a Sevilla; eso de mandar concejales a un Ayuntamiento que estaba al otro lado del r�o nunca le acab� de convencer. En este sentimiento colectivo, Santa Ana, un bell�simo templo del siglo XIII, le serv�a como pretexto. La construcci�n de la iglesia se comenz�o en 1280, en cumplimiento de un voto de Alfonso el Sabio, que prometi� edificar un templo en honor de la se�ora Santa Ana- como se llama en Triana barrocamente a la madre de la Virgen-si curaba de un mal de clavo, una enfermedad de los ojos. En Santa Ana est� la Virgen de la Victoria, procedente del convento de los Remedios, ante la que oraron los marineros de Elcano despu�s de haberle dado la vuelta al mundo y llegar al Puerto de las Mulas, que era el que estaba en el r�o a la altura del actual puente de San Telmo. Tambi�n la pila de los gitanos, que es tradici�n que todo ni�o al que se le echan las aguas en Se�� Sant�Ana sale flamenco y con buena voz. Pero la tradici�n m�s curiosa dle templo es la del Negro, un raro laude sepulcral renacentista, documentado de Nicoloso Pisano, hacia 1503. Esta cer�mica funeraria representa la imagen de un caballero, dicen que I�igo L�pez, dicen que un esclavo asesinado por el marqu�s a qui�n serv�a. Lo cierto es que en Triana existe la creencia de que la muchacha que le da una patada al Negro, se casa. Y, como puede imaginarse, la estela funeraria est� ya hecha una pena, desportillada en su azulejer�a, de tantas patadas que ha recibido a lo largo de la historia por parte de mocitas casaderas. Suelen poner delante bancos, los obst�culos m�s impensados; pero siempren encuentran la forma de darle la patada de ritual a este an�nimo casamentero renacentista.
La iglesia se abre a una peque�a plaza, de sabor muy pueblerino, donde est� el Bar Bist� (malformaci�n sevillana del plato de carne, por beef-steak), especializado en raciones de palomas guisadas.
Antonio Burgos
Gu�a secreta de Sevilla
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